jueves, enero 03, 2008

Conducía. Había sido la enésima discusión, por teléfono, como siempre desde que hace un mes la destinasen a otro país. Odiaba hablar por teléfono y la necesidad de hacerlo lo agravaba todavía más.

Había cogido las llaves del coche, cerrado de golpe la puerta de casa y ya llevaba media hora en la carretera. Justo ahora empezaba a divisar el Árbol, a un lado de la autopista. Le encantaba ese árbol; no había nada de vegetación en un kilómetro a la redonda y ahí se alzaba Él, en un montículo, soberbio, orgulloso. Envidiaba la capacidad que tenía de mostrar su grandeza sin necesidad de utilizar las palabras, las malditas palabras.

Por fin llegó. Hacía bastante frío, pero aún era de día y tenía que darse prisa si quería recoger suficiente leña. Encendió la chimenea, abrió una cerveza y se quedó sentado frente al fuego. Le encantaba quedarse mirando las llamas, hipnotizado, escuchando el chasquido. Siempre que encendía la chimenea recordaba aquella muchacha del bus, tan bella, tan sentada enfrente suyo. No pudo dejar de mirarla todo el trayecto; ella tan solo lo miró un momento, de reojo, y le dedicó media sonrisa que le supo a chasquido. Compartieron silencio tres paradas más hasta que a ella le tocó bajarse y volvió el frío al autobús.

La cuarta cerveza le dio ganas de mear. Decidió salir fuera. La noche era hermosa, no cabía ni una estrella más. Pensó, mirando al cielo, en esos dos días en una pequeña isla, tumbado en la arena mientras una rubia desconocida le recitaba y le señalaba las constelaciones y él sólo podía pensar en lo bello que era el alfabeto de los astros, con la compañía de un perro ayer, de un gato hoy, el murmullo del mar de fondo, paseo al alba y te aprieto contra un árbol solitario para que todo sea perfecto; mira qué bonito queda el sol en este amanecer, mira qué bonita despedida para cerrar estos dos días tan irrepetibles, vivimos en la misma ciudad pero no volveremos a vernos, al menos no en otro lugar que no sea éste.

Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil, además de un pequeño trozo de hilo de pescar. Marcó el único número que tenía en memoria, ató un extremo del hilo al cuello del teléfono y lo colgó de la rama de un árbol para alejarse mientras sonaban los tonos. El árbol meció sus hojas y sonrió pensando que, posiblemente, cuando él cayese tampoco nadie le oiría.