- Mi castor le puede al tuyo.
- ¿Seguro? Yo creo que es al revés.
Y tenía razón, Sebas siempre tenía razón. A falta de juguetes había hecho "tazos" con tijeras, papel, lápiz y cartón y su castor siempre acababa volteando al mío. Su castor, su perro y su narval, un animal que Sebas decía que existía y que tenía un cuerno en la frente, como los unicornios. Siempre me contaba que el día que me conoció había llegado a lomos de un unicornio plateado.
La verdad es que no sé cómo llego, pero podría decirse que me salvó la vida. En el orfanato el resto de chavales se cebaban conmigo; me pegaban, me insultaban, me escupían y no me robaban porque nada tenía, hasta que llegó él a lomos de su unicornio plateado - o al menos era lo que contaba - y se plantó ante todos los niños. No recuerdo qué les dijo, pero nunca me volvieron a tocar.
Nos volvimos uña y carne. Desconozco si es la uña la que protege a la carne o es al contrario, aunque en este caso el débil siempre era yo. La primera vez que me habló de los narvales me prometió que al día siguiente, sin falta, iríamos a ver el mar. No pude dormir de la emoción, pero la mañana apareció acompañada de una tormenta, una gran tormenta; vino y me dijo que era peligroso cabalgar con este tiempo. No dejó de llover hasta la noche, momentos después apareció empapado con un palo larguísimo, cuyo fin no acertaba a ver.
- A partir de ahora me levantaré todas las mañanas con el sol y limpiaré el cielo con este mocho enorme que he fabricado, para que la lluvia nunca más nos estropee otra excursión.
Y lo cierto es que jamás llovió si ese día teníamos planeado salir a descubrir - mejor dicho a que me descubriera - nuevos mundos. Era mago. O hacía magia, que no sé si es lo mismo. Tenía seis años, como yo, y era capaz de conseguir - conseguirme - lo que se propusiera.
Fuimos creciendo, él siempre dándome frutos y yo a su sombra. Conocimos a las mujeres, en revistas. Se llevó muchos palos el día que se enfrentó a uno de los curas, que me había pillado masturbándome y se preparaba para darme unos azotes. Esa misma tarde lo vi hablando con una chica y me hizo ir a gritos. Me la presentó, era preciosa. Apenas pude articular un hola antes de ponerme rojo como un tomate y no volver a abrir la boca.
- Le gustas - me dijo. - Se lo he notado en la cara. ¿A ti te gusta?
- No lo sé
- Ahora que ya eres mayor - seguíamos teniendo la misma edad - te voy a enseñar el truco de la paja. Atiende bien, porque es infalible: Si algún día conoces a una chica y crees estar enamorado de ella, mastúrbate, pero que no te vea ningún cura. - Rió; reímos - Si inmediatamente después de masturbarte sigues sintiendo que tienes ganas de verla, de abrazarla, de besarla, cuidarla y amarla, entonces ve a por ella, sin dudarlo.
Así fue como descubrí - me descubrió - que aquella chica me importaba de verdad. La conocí - me la conoció - y me la ligué - me la ligó. Comprendí - me comprendió - el amor y más tarde el dolor cuando ella me dijo, con cruel indiferencia, que se marchaba para no volver. Llamé llorando a Sebas para que me llevara montado en su unicornio a dondequiera que estuviese, pero Sebas me explicó que hay veces en las que la gente se va; porque muere, porque toma otro camino o simplemente porque es su decisión y como tal hay que respetarla, agradecer los buenos momentos vividos y hacerse fuerte recordando que lo importante es uno mismo. "Quién sabe, tal vez vuelva el día menos pensado".
Nunca estas palabras cobraron tanto sentido como el día en que se fue. Supuse que había salido a fregar el cielo, como él lo llamaba, cuando desperté y la más clara mañana que había conocido se asomó por la ventana, pero no lo vi volver con su enorme mocho cuyo extremo nunca acerté. Llegó la hora de comer y pasé un poco de hambre - siempre me daba su trozo de pan -, o al menos eso me pareció por el hormigueo que notaba en el estómago. La tarde dio paso a la noche y tampoco apareció. Al final el llanto consiguió cerrarme los ojos, pero tampoco logré verlo mientras soñaba.
Me despertó un gran revuelo. Un cura me zarandeaba con cuidado mientras me hablaba con lágrimas en los ojos. Resultó que mis padres no habían muerto; por una extraña historia cuyas circunstancias nunca alcancé a comprender me habían tenido que dejar en ese orfanato y ese día, por fin, venían a recogerme.
Olvidé a Sebas con el tiempo. Hasta un día en el que, hojeando una revista, encontré un reportaje sobre los narvales. Lo vi claramente, a doble página, subido a uno de ellos, limpiando el cielo con su mocho mágico. Me guiñó un ojo y se zambulló en el mar.


3 Comments:
Lo siento, Hugo, no doy para más.
¿Tanto esperar para esta mierda?
:) No, de veras me ha gustado. La verdad es que no era sencillo.
Buen viaje.
En serio, viejo pirata, me quito el sombrero, piojo molesto :P
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