A las 10:30 horas del 23 de abril del 2009, Bernardino Bosé, solitario jubilado sin familia ni parientes cercanos conocidos, se preparaba un café en la cocina de su piso, en la quinta planta de un edificio de seis alturas ubicado en el extremo este de la ciudad. Tras verterlo en una taza, sujetando con las dos manos el plato que la sostenía, atravesaba, con breves pasos, el estrecho pasillo que separaba la cocina del salón y se sentaba frente a la vieja mesa redonda que presidía la habitación. Cogía un bolígrafo que unos minutos antes había dejado, junto a unos papeles, sobre ésta, y se ponía a escribir. Justo en el momento en que un infarto fulminaba a Bernardino Bosé, en ese mismo momento y no en otro, Mariola Matas, casada cinco años atrás con el policía Manuel Madero, rompía aguas, dos meses antes de lo esperado, al otro lado de la ciudad.
Manuel Madero miró por la ventana del tren. Ya había anochecido. Estaba nervioso. La llamada de su mujer le había sorprendido en la capital, a quinientos kilómetros de casa, donde había ido a declarar como testigo en un juicio contra una red de pederastas. Su intervención tenía lugar después de la pausa para comer y, cuando acabó, ya había perdido el último vuelo que salía ese día hacia su ciudad, así que no le quedó más remedio que pasarse cinco horas metido en aquel tren, mientras Mariola daba a luz. Pensó en ella, en la lucha de ambos por tener un niño, en las malas noticias que les dieron los médicos, en la esperanza que les dio un tratamiento de fertilidad novedoso, en su insistencia, en su tenacidad cuando Mariola ya había tirado la toalla. Toda la vida había tenido clavada la espina de no haber conocido a su padre, y tener un hijo le parecía la única manera de rellenar ese hueco que tantos años llevaba marcándole. Pensó en la alegría, cuatro años después del primer intento, en las lágrimas de felicidad, en la celebración por todo lo alto, en cómo Mariola le había dicho, abrazándole, por fin tendrás a tu hijo, en como él le había contestado, besándola, por fin tendremos a nuestro hijo. Vio a lo lejos las luces de la ciudad, acercándose poco a poco, y sintió un cosquilleo en el pecho.
Bajó del tren y cogió un taxi. Al hospital general. Por fortuna, estaba cerca de la estación. Se movía de un lado al otro en el asiento. Miraba constantemente el reloj de su muñeca. Intentó entablar conversación con el taxista para tranquilizarse, pero le fue imposible. Por fin llegaron. Pagó y salió corriendo sin esperar el cambio. Entró en el hospital; maternidad, quinta planta. El ascensor tardaba demasiado y decidió subir por las escaleras, de dos en dos. De tres en tres. Llegó al quinto piso y cayó en la cuenta de que no sabía en qué habitación estaba Mariola. Cuando iba a preguntar a una enfermera vio por el rabillo del ojo a su cuñada. Se dirigió hacía ella, tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Ha habido complicaciones, le dijo en un sollozo mientras caía en sus brazos, Mariola ha muerto y el pequeño está grave, en una incubadora, luchando por su vida. Manuel se desmayó, golpeándose la cabeza contra el suelo en la caída.
Se tocó el chichón mientras se miraba los ojos en el espejo. Llevaba tres días metido en casa, con las luces apagadas, el teléfono desconectado, llorando. Se afeitó lentamente. Tenía que despertar, que trabajar, que tratar de llevar una vida normal. Tenía que ser el padre que nunca tuvo, y de momento no lo estaba haciendo nada bien. De camino a la comisaría pasó por el hospital. Ahí estaba su hijo, en un cubo de cristal, rodeado de tubos, entre máquinas que emitían sonidos, que trazaban líneas, que indicaban que seguía igual, estable pero débil, muy débil, y que no podían hacer otra cosa que no fuese esperar. Manuel sintió que se le volvían a aflojar las piernas, pero pensó que si su hijo cumplía con su parte él debía hacer lo mismo con la suya.
El comisario le recibió con un abrazo. Manuel, te acompaño en el sentimiento, estos días lo mejor será que te quedes en comisaría, con papeleos e historias, a tu ritmo, si no te ves con fuerzas puedes tomarte el día libre, o dos, o tres, los que quieras. No, jefe, por favor, necesito patrullar, estar en la calle, que me dé el aire, pensar lo menos posible. De acuerdo, Manuel, como quieras, pero algo sencillo; acompaña a Molina, unos vecinos han llamado hace un rato quejándose del olor que sale de uno de los pisos.
Cuando Manuel y Molina llegaron al edificio, situado en el extremo este de la ciudad, y subieron al quinto piso, el reloj del salón de Bernardino Bosé marcaba las 12:23. Llamaron a la puerta, pero no contestó nadie, así que decidieron saltar al balcón desde el del vecino. Corrieron la puerta de cristal, que no estaba cerrada, y se encontraron ante sí el cuerpo inerte de un hombre mayor, sentado en una silla, con el pecho echado sobre una mesa redonda y la cabeza apoyada encima de unos folios a medio escribir. Manuel levantó suavemente la cabeza del viejo y cogió los papeles.
Fue en ese exacto momento, a las 12:30 horas del 27 de marzo de 2009, en el momento exacto en que Manuel leía la carta que su padre le había escrito a su madre, pidiéndole perdón por haberla abandonado embarazada, en el momento justo en que se le hacía un nudo en la garganta leyendo unas disculpas que, treinta años tarde, iban dirigidas a él, en ese momento y no en otro, cuando el pequeño corazón de Bernardo Madero decidió rendirse para siempre.