martes, julio 07, 2009

Yo que siempre
fui de cuentos
hace tiempo
que he empezado
a escribir
una novela.

:)

lunes, mayo 18, 2009




En algunas ocasiones
menos de las deseadas
las palabras se terminan
y uno necesita
echar mano de canciones
de poemas, de portadas
tomar prestado el aliento
convertir lo escrito en ley.

En algunas ocasiones
más de las deseadas
las vidas se terminan
y uno necesita
echar mano de recuerdos
abrir un libro al azar
y sonreir mientras piensa
que en el mundo de los cuerdos
no siempre el loco es el Rey.

viernes, abril 24, 2009

A las 10:30 horas del 23 de abril del 2009, Bernardino Bosé, solitario jubilado sin familia ni parientes cercanos conocidos, se preparaba un café en la cocina de su piso, en la quinta planta de un edificio de seis alturas ubicado en el extremo este de la ciudad. Tras verterlo en una taza, sujetando con las dos manos el plato que la sostenía, atravesaba, con breves pasos, el estrecho pasillo que separaba la cocina del salón y se sentaba frente a la vieja mesa redonda que presidía la habitación. Cogía un bolígrafo que unos minutos antes había dejado, junto a unos papeles, sobre ésta, y se ponía a escribir. Justo en el momento en que un infarto fulminaba a Bernardino Bosé, en ese mismo momento y no en otro, Mariola Matas, casada cinco años atrás con el policía Manuel Madero, rompía aguas, dos meses antes de lo esperado, al otro lado de la ciudad.

Manuel Madero miró por la ventana del tren. Ya había anochecido. Estaba nervioso. La llamada de su mujer le había sorprendido en la capital, a quinientos kilómetros de casa, donde había ido a declarar como testigo en un juicio contra una red de pederastas. Su intervención tenía lugar después de la pausa para comer y, cuando acabó, ya había perdido el último vuelo que salía ese día hacia su ciudad, así que no le quedó más remedio que pasarse cinco horas metido en aquel tren, mientras Mariola daba a luz. Pensó en ella, en la lucha de ambos por tener un niño, en las malas noticias que les dieron los médicos, en la esperanza que les dio un tratamiento de fertilidad novedoso, en su insistencia, en su tenacidad cuando Mariola ya había tirado la toalla. Toda la vida había tenido clavada la espina de no haber conocido a su padre, y tener un hijo le parecía la única manera de rellenar ese hueco que tantos años llevaba marcándole. Pensó en la alegría, cuatro años después del primer intento, en las lágrimas de felicidad, en la celebración por todo lo alto, en cómo Mariola le había dicho, abrazándole, por fin tendrás a tu hijo, en como él le había contestado, besándola, por fin tendremos a nuestro hijo. Vio a lo lejos las luces de la ciudad, acercándose poco a poco, y sintió un cosquilleo en el pecho.

Bajó del tren y cogió un taxi. Al hospital general. Por fortuna, estaba cerca de la estación. Se movía de un lado al otro en el asiento. Miraba constantemente el reloj de su muñeca. Intentó entablar conversación con el taxista para tranquilizarse, pero le fue imposible. Por fin llegaron. Pagó y salió corriendo sin esperar el cambio. Entró en el hospital; maternidad, quinta planta. El ascensor tardaba demasiado y decidió subir por las escaleras, de dos en dos. De tres en tres. Llegó al quinto piso y cayó en la cuenta de que no sabía en qué habitación estaba Mariola. Cuando iba a preguntar a una enfermera vio por el rabillo del ojo a su cuñada. Se dirigió hacía ella, tenía los ojos enrojecidos e hinchados. Ha habido complicaciones, le dijo en un sollozo mientras caía en sus brazos, Mariola ha muerto y el pequeño está grave, en una incubadora, luchando por su vida. Manuel se desmayó, golpeándose la cabeza contra el suelo en la caída.

Se tocó el chichón mientras se miraba los ojos en el espejo. Llevaba tres días metido en casa, con las luces apagadas, el teléfono desconectado, llorando. Se afeitó lentamente. Tenía que despertar, que trabajar, que tratar de llevar una vida normal. Tenía que ser el padre que nunca tuvo, y de momento no lo estaba haciendo nada bien. De camino a la comisaría pasó por el hospital. Ahí estaba su hijo, en un cubo de cristal, rodeado de tubos, entre máquinas que emitían sonidos, que trazaban líneas, que indicaban que seguía igual, estable pero débil, muy débil, y que no podían hacer otra cosa que no fuese esperar. Manuel sintió que se le volvían a aflojar las piernas, pero pensó que si su hijo cumplía con su parte él debía hacer lo mismo con la suya.

El comisario le recibió con un abrazo. Manuel, te acompaño en el sentimiento, estos días lo mejor será que te quedes en comisaría, con papeleos e historias, a tu ritmo, si no te ves con fuerzas puedes tomarte el día libre, o dos, o tres, los que quieras. No, jefe, por favor, necesito patrullar, estar en la calle, que me dé el aire, pensar lo menos posible. De acuerdo, Manuel, como quieras, pero algo sencillo; acompaña a Molina, unos vecinos han llamado hace un rato quejándose del olor que sale de uno de los pisos.

Cuando Manuel y Molina llegaron al edificio, situado en el extremo este de la ciudad, y subieron al quinto piso, el reloj del salón de Bernardino Bosé marcaba las 12:23. Llamaron a la puerta, pero no contestó nadie, así que decidieron saltar al balcón desde el del vecino. Corrieron la puerta de cristal, que no estaba cerrada, y se encontraron ante sí el cuerpo inerte de un hombre mayor, sentado en una silla, con el pecho echado sobre una mesa redonda y la cabeza apoyada encima de unos folios a medio escribir. Manuel levantó suavemente la cabeza del viejo y cogió los papeles.

Fue en ese exacto momento, a las 12:30 horas del 27 de marzo de 2009, en el momento exacto en que Manuel leía la carta que su padre le había escrito a su madre, pidiéndole perdón por haberla abandonado embarazada, en el momento justo en que se le hacía un nudo en la garganta leyendo unas disculpas que, treinta años tarde, iban dirigidas a él, en ese momento y no en otro, cuando el pequeño corazón de Bernardo Madero decidió rendirse para siempre.

viernes, marzo 06, 2009

“Cómo explicarte, cómo explicártelo todo. Desde el día que entré en aquel pequeño bar, hace casi tres meses, y de camino a la barra se me cayó Rayuela sobre la mesa en la que tomabas café, sentada, con las piernas cruzadas, mientras leías el periódico. Tu sonrisa de complicidad, mi lo siento. Compartir una cerveza hablando sobre Cortázar. Compartir varias cervezas hablando sobre nosotros, sobre ti. Soltera, treinta años, administrativa, me dijiste. Y morena, preciosa, maravilla recién descubierta, agregué.

Crear un pequeño ritual entre los dos. Vernos sólo los jueves, al principio en aquel bar, a partir de la tercera semana en el apartamento. En mi pequeño apartamento de una habitación, con sofá, mesa redonda y ventana rota tapada con cartones en el salón, sin más luz que la de una bombilla huérfana de lámpara colgando del techo, y mi promesa de comprar una cama para abandonar de una vez ese incomodo sofá amarillo. Sin radio, sin televisión, alejado de la ciudad, de caras conocidas.

Nunca haces preguntas. Ni por qué sólo los jueves, ni por qué ese apartamento, ni por qué no sabes nada de mí, de mi trabajo, de mi pasado. Como si te sintieses a gusto así, sabiendo poco. Como si no fuese tu primera experiencia similar, como si yo me llamase Jueves y hubiese un Miércoles, un Martes, un Viernes. Tan solo despierta tu curiosidad el perfume que inunda las cartas que te escribo y te entrego cada vez que nos vemos, una a la semana. Te molesta que no quiera hablarte sobre él, que me límite a decirte que lo aspires con fuerza, que te impregnes de su olor, que lo hagas tuyo. Entonces aspiras y protestas y vuelves a aspirar e intentas decir algo entre enfadada y embriagada aunque tarde porque mis labios ya están sobre los tuyos y otra vez el sofá.

Cómo explicarte, vuelvo a pensar mientras escribo la décima carta. Cómo contarte ahora que creo que he incumplido el primer mandamiento de mi trabajo y me he enamorado de ti. Cómo decirte que tu marido al teléfono hace medio año, en la esquina de San Vicente con la Plaza de España cinco días después. Una foto tuya, un jueves cualquiera, la dirección del bar, trescientos mil euros, lágrimas en sus ojos. Cómo pedirte disculpas mientras echo un par de gotas del perfume sobre las hojas. Con qué cara mirarte cuando leas que la décima dosis es mortífera.

Quiero agarrarme a algo. Pensar que me amas. Pero cómo creerte si ya me mentiste el primer día. Soltera, ¿recuerdas? Deseo convencerme de que te importo, de que no hay más Días en la semana. Recuerdo las lágrimas de tu marido mientras comienzan a brotar las mías.”

Suena el timbre de la puerta. Mete la carta en el sobre, pasa la lengua sobre el pegamento y lo cierra mientras piensa en el día que su mentor le inyectó el antídoto, en qué pensaría de él ahora que se ha enamorado de un objetivo. Se levanta del sofá, seca su llanto, abre la puerta. Es ella. La besa. Ella se separa, cierra la puerta, le mira fijamente.

- Te quiero. – Le dice en un suspiro.

Él sonríe. Ríe. Le cubre los ojos con una venda. Dame la mano, tengo una sorpresa. La lleva al dormitorio, le quita la venda. Ella ve la cama, se gira, se lanza sobre él, se tumban sobre ella.

Ella tumbada boca arriba, fumando un cigarro. Él hacia ella, abrazándola, con un brazo entre su espalda y la cama y el otro acariciando su ombligo, sin atreverse a decir lo que esta a punto de decir.

- Yo también te quiero. Haría cualquier cosa por ti.

Expulsa el humo de la última calada. Sonríe.

- ¿Todo?
- Todo.

Lo mira fijamente. Recoge sus pantalones del suelo y saca una alianza del bolsillo. Un tenso silencio cubre la habitación durante medio minuto, hasta que cuatro palabras caen sobre él haciéndolo añicos.

- Mata a mi marido. ¿Serías capaz?

Él le quita el cigarro de las manos. Le brillan los ojos. Da una fuerte calada para que el humo acompañe a sus palabras.

- Lo haré. –La mira y sonríe- Pero primero tienes que leer mi carta.

jueves, febrero 19, 2009

Cuando sonó el despertador Jálid ya llevaba hora y media despierto. Estaba nervioso. Se vistió, cogió una manzana para el camino, su mochila, preparada la noche anterior, y salió a la calle dejando atrás los ánimos de sus compañeros de piso.

Sentía un ligero vértigo, sin duda provocado por la ansiedad, que le hacía sentir que se iba a caer de un momento a otro, por lo que aceleró la marcha. Llegó a la estación de metro cinco minutos antes de lo esperado, y tuvo tiempo de observar ese lugar en el que nunca antes había estado. Era una estación abierta, con su edificio a los pies de las vías, de las que años antes habían acogido trenes y ahora se veían reconvertidas a capilares del subterráneo. Jálid sonrió y pensó que Allah estaba de su lado: la gente pensaría que tiritaba de frío.

Llegó el metro. Se abrieron las puertas y salieron dos personas antes de que Jálid entrase. Agradeció el calor que hacía dentro y se sentó en el asiento más cercano, dejando la mochila a sus pies. Echó una ojeada a su alrededor. A su derecha había un chaval que debía de tener su edad, leyendo lo que parecían ser unos apuntes de la universidad. Se mordía las uñas y movía la pierna derecha mecánicamente, levantando y bajando el talón; de vez en cuando levantaba la cabeza y susurraba. Detrás de él había una mujer sudamericana que hablaba por el móvil con su marido. Jálid entendía lo suficiente el español como para comprender que era madrugada en casa del marido y que seguiría siéndolo, “por lo menos un año más”. Jálid entendía lo suficiente a las personas como para comprender que la mujer no sólo enjugaba sus mocos en el pañuelo. Delante suyo había dos guantes cogidos a la baranda, uno negro y otro rojo, y en el interior de cada guante unos dedos que jugueteaban entre ellos, los del guante rojo con los del guante negro y los del guante negro con los del guante rojo, y tras los dedos sendas manos que los movían, y tras las manos dos brazos, uno fuerte, el otro delicado, y tras el brazo fuerte un hombre y tras el brazo delicado una mujer que miraban en direcciones opuestas sin querer darse cuenta de lo que hacían sus guantes. Cuando el metro se detuvo en la siguiente parada los guantes soltaron la baranda y salieron cogidos, casi podría decirse que cosidos, mientras sus portadores seguían evitando sus miradas.

Por la misma puerta por la que habían salido los guantes entró una chica guapa, morena, con grandes ojos verdes. Se sentó a su lado, pero no dijo nada. Jálid se quedó mirándola, era muy bonita, pero tampoco se atrevió a decirle nada. Se mantuvieron lejanos en su cercanía hasta que en la siguiente parada subió un viejo sonriente con un ramo de rosas amarillas en la mano. Caminaba por el vagón dando los buenos días, una rosa y una sonrisa a todo el mundo.

El universitario tuvo su rosa.

La sudamericana tuvo su rosa.

La chica guapa, morena, de grandes ojos verdes tuvo su rosa.

Jálid no tuvo rosa. Ni sonrisa. Ni buenos días. Recibió a cambio un susurro que parecía decir ‘vuélvete a tu país, moro’. Cerró los ojos con rabia y sintió, al mismo tiempo, una especie de alivio. Cuando los abrió, la chica guapa, morena, de grandes ojos verdes le estaba regalando su rosa, su sonrisa, sus buenos días y su mirada.

- Gracias.
- Affuan. – Jálid la miró sorprendido – Jajaj, estudio árabe en la escuela oficial de idiomas. Todavía estoy en segundo y apenas sé cosas, pero al menos puedo decir ‘de nada’.

Jálid sonrió por primera vez desde que se había despertado. Estuvieron hablando unas cuantas paradas, sobre lo difícil que es el árabe y sobre lo complicada que es la vida en un país extranjero. Ella sacó un lápiz y un papel de su bolso y apuntó un número de teléfono.

- Toma, llámame esta semana y quedamos un día para tomar shaii (té). Tu guía particular te declara mi profesor particular. – Sonrió.

Jálid bajó la mirada, avergonzado, y susurró ‘ésta es mi parada’. Cuando se levantó sintió que volvían a temblarle las piernas.

El metro se detuvo y Jálid salió corriendo mientras las lágrimas caían por sus mejillas, mientras intentaba por todos los medios pensar en el viejo de las rosas amarillas, mientras trataba de no mirar hacía atrás, mientras escuchaba, como en las pesadillas que había tenido esos días, a la chica guapa de grandes ojos verdes chillarle que se dejaba la mochila.

jueves, enero 08, 2009

A Elena era a quien dedicabas todos tus poemas, la musa de esos versos que escribías en tus largas noches de insomnio y acababan bajo la cama esperando que algún día pudieses reunir el valor suficiente para recitárselos, mirándola a los ojos, besándola después, haciendo real una situación tantas veces soñada. Nadie sabía de tus escritos, tampoco de tu amor callado. Te avergonzabas de ambos. Por eso te molestaste cuando descubriste que tu madre, a tus espaldas, los había leído todos y, embelesada, había decidido copiarlos y enviarlos a una editorial. Por eso te disgustó tanto que los publicasen y todo el mundo pudiese ver algo creado únicamente para Ella. Por eso te encerraste en tu habitación y no quisiste ver a nadie el día que tu libro (su libro) salía a la venta. Por eso deseaste morir allí mismo antes que exponerte a las burlas de los demás.

Lo que no esperabas era que fuese Elena quien llamara a tu puerta, con un ejemplar apretado contra el pecho y lágrimas en los ojos, y se sentase junto a tu cama para contestar a todas tus preguntas sin respuesta, para cerrar todas tus heridas sin cicatrizar, para sellar con un beso todas tus historias sin final feliz, para decirte que sí, que mil veces sí.

Tan feliz eras a su lado que tardaste muchos meses en darte cuenta de que ya no escribías, tanto sonreías que el día en que ella te pidió que le recitases algo nuevo al oído no supiste qué decirle. Entonces te sentaste ante el escritorio y los folios en blanco se te amontonaron en la mesa mientras la desesperación caminaba sobre las teclas de la máquina de escribir y, con ese tac tac que tiempo atrás fue música, te escribía en otro papel en blanco que ahora eras incapaz de juntar dos palabras, que con la desesperación que te causaba el desamor se había marchado también tu lucidez, que ahora que conseguías entrar en Elena sin necesidad de la pluma ésta se había declarado en huelga arguyendo que el amor correspondido y la poesía nunca se dan la mano. Entonces te aterró la duda de si Elena seguiría queriéndote sin tus versos. Entonces te fusiló la certeza de que tus versos te habían abandonado por Elena, de que no había sitio para los dos.

Trataste de vivir sin ellos y amar a Elena, mas la frustración te visitaba todas las noches en forma de pesadilla y te impedía dormir, vivir, disfrutar. Trataste de alejarte de Elena y escribir sin parar, mas los versos que salían de tus manos se clavaban como agujas en tu corazón, pues todos te hablaban de Ella. Trataste de hallar una solución para esa burla del destino, para ese pacto diabólico que sólo te concedía una de tus dos locuras. Trataste, sin lograrlo, de poner orden a ese sinsentido hasta que, derrotado, decidiste escribir tu alegato de defensa clavando tu pluma sobre el cuerpo inerte de Elena.

martes, diciembre 16, 2008




Aureliano Alegre se quedó de piedra cuando el médico se le acercó y le dijo tiene una cola de cerdo en el lugar donde iría el ombligo si éste naciese en la espalda. No quiso creerle. Entró con violencia en la habitación y arrancó al niño de los brazos de su madre. Efectivamente, ahí estaba: una pequeña protuberancia sonrosada cuya forma recordaba a la cola de un cerdo. Miró a su esposa, que cerraba sus ojos empapados, y recordó a la extraña gitana que, años atrás, le echó las cartas. Cuídate mucho de tener descendencia con nadie de tu familia, tu estirpe está maldita. Volvió a mirar a su prima, dejó al niño en la cuna y salió de la habitación.

Aquella noche, tras emborracharse, Aureliano Alegre soñó que un gitano llamado Melquíades le hablaba acerca de una ciudad llamada Macondo en la que le esperaban miles de pececitos de oro. Todos los que le vieron partir la mañana siguiente, a lomos de su caballo y hablando de oro y de Macondo, pensaron que se había vuelto loco.

Durante meses recorrió, sin saberlo y guiado por una extraña fuerza, el mismo camino que muchos años antes había recorrido Aureliano Segundo en busca de Fernanda del Carpio. Pero lo recorría en sentido inverso. Y cuanto más se desanimaba más cerca estaba, sin saberlo, de lo que el tiempo se había encargado de que fuese sólo una sombra de Macondo.

Habían pasado cien días desde su salida cuando perdió la fe. Había dado vueltas y más vueltas en busca de una compañía bananera, de las vías de un tren, de un barco sin mar. Se tumbó bajo un gran árbol a dormir dispuesto a regresar a casa en cuanto amaneciese.

El coronel Aureliano Buendía abrió con cuidado la puerta. Miró a su padre, que seguía sentado en el árbol al que lo ataron hace ya tanto tiempo, y depositó con cuidado una bolsa de pececitos de oro sobre la manta que su hijo utilizaba de cama. Volvió rápidamente a la habitación de Melquíades y cerró la puerta sin tiempo para ver cómo miles de hormigas se agrupaban para llevarse la bolsa.